De nuevo tu
piel
blanquecina
amarillenta,
de nuevo tu
piel blanda
apenas recordada,
apenas vivida.
La ofrenda
de tu cuello eterno que disipa multitudes amigas
se abre para
mí
una vez más.
Me das tu
olor,
me jurás tu
olor
y no lo
encuentro.
Te rozás con
insistencia en una trampa de la que no me entero
sino hasta
muy tarde,
cuando ya no
hay tiempo,
cuando la
excusa ha expirado.
Ya no me queda nada,
más que la fallida respiración paralela,
más que tu risa victoriosa ante el acierto.
Solo me aferro a tu temblor de hombre excitado
que sí, que sí recuerdo.
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