miércoles, 5 de junio de 2013



Me descubro sola. Los ojos dejan de decir lo que pasa afuera y una neblina mugrienta me va apagando los sentidos. Pierdo el control del volante. Me desvanezco en pánico y me sorprendo en la cama, que no me concede relamer mi alivio, escupiéndome al techo. Y giro en la oscuridad del aire mientras lloro de terror sin poderme aferrar a las cortinas, o a la lámpara, o a las paredes.
Me sé en un sueño. Me despierto. Me seco las lágrimas.
Y en medio del frío agravado por la desnudez,
sin nadie bajo mi techo, compartiendo mi sábana, estorbándome en la almohada,
finalmente lo comprendo:
No tengo a alguien conmigo.
No tengo quien me dé el valor de decir que temo.
No tengo otra cama a la que quiera huir,
ni una voz adormitada que me pueda responder con la urgencia de la herida que el filo del timbre telefónico clava a estas horas de la madrugada.