Me descubro
sola. Los ojos dejan de decir lo que pasa afuera y una neblina mugrienta me va
apagando los sentidos. Pierdo el control del volante. Me desvanezco en pánico y
me sorprendo en la cama, que no me concede relamer mi alivio, escupiéndome al
techo. Y giro en la oscuridad del aire mientras lloro de terror sin poderme
aferrar a las cortinas, o a la lámpara, o a las paredes.
Me sé en un
sueño. Me despierto. Me seco las lágrimas.
Y en medio
del frío agravado por la desnudez,
sin nadie
bajo mi techo, compartiendo mi sábana, estorbándome en la almohada,
finalmente
lo comprendo:
No tengo a
alguien conmigo.
No tengo quien
me dé el valor de decir que temo.
No tengo
otra cama a la que quiera huir,
ni una voz
adormitada que me pueda responder con la urgencia de la herida que el filo del
timbre telefónico clava a estas horas de la madrugada.